Dejas el móvil sobre la toalla, te metes en el agua diez minutos y, al volver, la pantalla muestra un aviso que casi nadie ha leído con calma: «Temperatura demasiado alta. El iPhone debe enfriarse antes de poder usarlo». No es un capricho del fabricante. El calor del verano español, que en julio supera sin esfuerzo los 40 grados al sol, es uno de los peores enemigos de cualquier aparato con batería. Y lo curioso es que el daño no siempre se nota el mismo día.
Qué le pasa de verdad a la batería con el calor
Casi todos los dispositivos que usamos llevan baterías de iones de litio, y a esa química el frío le sienta regular pero el calor le sienta francamente mal. Por encima de unos 35 grados de temperatura interna, la batería se degrada más rápido de forma permanente: pierde capacidad, y esa pérdida no se recupera cuando el aparato vuelve a estar fresco. Un móvil que pasa varios veranos cocinándose en el salpicadero del coche puede llegar a septiembre con bastante menos autonomía que uno gemelo guardado a la sombra.
El detalle que mucha gente ignora es que cargar el dispositivo genera calor por sí mismo. Si además lo cargas dentro de un coche aparcado al sol, o debajo de la almohada, o con una funda gruesa que actúa de manta, estás sumando dos fuentes de calor a la vez. De ahí salen la mayoría de los casos de hinchazón de batería que acaban con el móvil en la basura.
El coche: el sitio donde nunca debería estar
Conviene decirlo con claridad, porque es el error más repetido: el interior de un coche aparcado al sol puede llegar a 60 o 70 grados en pleno agosto. Ahí dentro no debería quedarse ningún móvil, tablet, mando de videoconsola ni, mucho menos, una batería externa. Las power banks de mala calidad olvidadas en la guantera son una causa real de incidentes en verano, y no es alarmismo: es la razón por la que los propios fabricantes avisan de no exponerlas a fuentes de calor.
Si vas a la playa o a la piscina, lo más sensato es lo más aburrido: guarda el móvil en la bolsa, a la sombra, mejor envuelto en una toalla clara que dentro de una funda de neopreno negra que lo convierte en un horno. Y nada de dejarlo boca arriba sobre la arena al sol «un momento». Ese momento basta.
Cargar bien cuando aprieta el calor
Hay un par de costumbres sencillas que alargan la vida de la batería sin esfuerzo. La primera: quita la funda cuando cargues si notas que el teléfono se calienta mucho, porque la funda atrapa el calor justo cuando más conviene disiparlo. La segunda: evita la carga rápida cuando el ambiente ya está caliente, porque la combinación de carga rápida y verano es la que más estresa la química interna. Para cargar de noche, el modo de carga optimizada que ya traen iPhone y la mayoría de Android es de las pocas funciones que de verdad merece la pena dejar activada.
¿Y los portátiles? Misma lógica, con un matiz. Trabajar con el ordenador sobre las piernas o sobre la cama tapa las rejillas de ventilación, y en verano eso dispara la temperatura interna en cuestión de minutos. Una superficie dura y un poco de aire por debajo cambian bastante las cosas. Si el ventilador suena como un secador a media tarde de agosto, no es que el portátil esté roto: te está pidiendo sombra.
Señales de que ya hay daño
Aprende a leer dos avisos. Si el móvil se apaga solo o se ralentiza muchísimo cuando hace calor, no está estropeado: se está protegiendo, y lo correcto es dejarlo enfriar a la sombra antes de volver a usarlo, nunca meterlo en la nevera, porque la condensación hace más daño que el propio calor. El segundo aviso es más serio: si notas la parte trasera abombada o la pantalla ligeramente levantada, la batería se está hinchando y toca llevarlo a reparar cuanto antes.
Nada de esto exige comprar accesorios ni instalar aplicaciones. Es, sobre todo, dónde dejas el aparato y cuándo lo cargas. Tres meses de sentido común en verano se traducen en uno o dos años más de batería sana, y en no tener que cambiar el móvil antes de tiempo solo porque pasó agosto al sol.